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Cobardía

De aceptar lo decidido. Por más que pidas no hay misericordia. Decidiste por el mejor aquí corrió, que aquí murió y ahora nadie va a escribir de tí

Cobardía

sólo de tu cobardía.

 

 

Restitución

Quiero pagarte con creces, tan sólo por sentir el calor de tu voz. Aunque mi valor para ti no es nada. Sólo vale lo que vale un corazón.

Vuelve a vivir esos momentos, es hora de la restitución. Así que cumple tus promesas, que no digan que es sólo por dinero; prostitución.

Restitucion

 

Maldición

Maldigo la hora en que vi la luz. En que nací de un útero  tan cálido  para reinventarme en la frialdad.  No sé cómo te conocí y me arrepiento de ser quien no se quien fui. Muerte, muerte es mi verdad, cómo un niño enfermo peleo por y para morir.

El sol de un nuevo día

El cielo azul celeste refleja tu mirada, la cual dice con un reflejo mil pensamientos. El brillo de la memoria aún queda fijado en mis entrañas, mientras cae la noche y me alejo de todo lo que parece afectar este sentimiento. Cantan nuevamente las aves de la madrugada y así nace de nuevo otro día. La fe en el tiempo me hace levantar de madrugada, mientras tranquilo agradezco el sol de un nuevo día.

Al final del túnel

¿Qué sentido tiene todo esto?¿Qué tengo que hacer para salir de este ciclo?¿Por qué estoy aquí? – esas son las preguntas que me hago cuando de momento te cruzas frente a mí. El sentido gira ciento ochenta grados, mientras vuelvo a caer en los brazos de la duda. El cielo teñido de azul celeste, nuestras noches a solas tendidos en la misma cama. Todo pasa en un instante, mientras veo que entro en un túnel que, al parecer, no tiene salida. 

Al salir, ese perro que ladra y nunca muerde me hace regresar a las tinieblas de aquella noche. Mil veces pido perdón, mil y una me arrepiento. Hoy soy diferente gracias a eso, soy un hombre nuevo. Así encuentro mi razón de ser y acallo a ese maldito perro. 

Del pandero al temblor.

A la distancia ruge el sonido del tambor. Enfático mi amigo dice “vamos pa’ llá’ que eso es música de temblor”. Mientras más nos acercamos al epicentro, el olor a licor se va haciendo cada vez más potente. No muy lejos se ven cuerpos en movimientos, cómo en una danza que reta a la muerte. Poco a poco se separa el espíritu del alma, seguido de un disturbio que poco tiene de calma. Suena y repica el pandero, en un ritmo valiente y alentador. En crescendo sigue el ruido, en música que saca el espíritu del ron. Se mueven constante los cuerpos con esa música cortante, música que inspira a entrar en calor. Tiembla la carne con el pandero, tiembla el espíritu mientras más duro le dan los músicos al cuero.